Mi vista se detuvo en el paisaje que se me ofrecía con generosidad sin límites, como la rosa que despliega sus pétalos sin rubor para que se disfrute con su contemplación: el paisaje me ofrecía un camino que primero es recto y dspués corcovado, un arroyo de cristalina agua que sigue los caprichos del camino, o quizá sea el camino quien se amolde a los del río, una pequeña alameda de chopos jóvenes que ofrecen su doble color verde, una casa de campo a lo lejos, marrones de diferentes matices y tonalidades esparcidos por el suelo, boñigos de burro sobre el recto camino y ausencia de marcas de coches en él. Después de mirar largamente el panorama que tenía delante de mí, llegué a la conclusión de que el paisaje es el elemento más frecuene de la naturaleza. Y no contento con esta afirmación, grandiosa por su simplicidad, alcancé a pensar que el paisaje es nuestro primer interlcutor. Definitivamente, el paisaje habla como cualquier otro personaje; más aún, él es quien primeramente nos habla y se comunica con nosotros. Lo miras y él te habla y a ti te gusta o te disgusta; raramente pasa desapercibido porque es inagotable, a pesar de ser más antiguo que la humanidad misma.
Esta mañana he vuelto, como el delincuente que regresa al lugar de sus fechorías, para disfrutar de mi paisaje, porque una vez visto ya es de uno y al mismo tiempo de todos, pero solamente pude contemplar la frondosa vegetación que se localiza en las cercanías. Lo demás estaba cubierto por una densa niebla, como si hubiese encontrado que el secreto de la larga vida es ocultarse de vez en cuando.
Entonces preferí dar media vuelta y dirigirme al mar. Ahora contemplo en su inmensidad un mar repleto de esquinas.
Como estoy seguro de que no sabrán interpretar eso de las esquinas del mar, otro día les hablaré de ellas.


