martes, 10 de noviembre de 2009

EXTRANJERO EN SU TIERRA

En medio de aquel campo había un solitario olivo. Un olivo pequeño, ajado por los años, pero que aún conservaba sus hojas de color verde plata. Y allí sentados, mi amigo y yo, mirando lejos campo y soledad, le leía unos versos que había escrito:

“Ser hombre es esto:
cruzar por unas calles
ausentes de palabras,
y esperar
unas enrojecidas migajas de dolor.
Un pan gastado por todas las edades.

La vida, me respondía, es una sencilla peregrinación de costumbres. Solemos aceptar de buen grado lo de cada día. Por ello, repetimos los mismos gestos, afianzamos los mismos recorridos. En esta repetida cotidianidad cada día nos hacemos más hombres...

Algunos, sin embargo, pensaba yo, -mientras mi vista se perdía en la calina azul de una tarde en poniente-, desean probar nuevos proyectos, abrirse a nuevas rutas. No soportan hacer siempre lo mismo… Se han convertido en aventureros de su propia vida. Y en la aventura, casi han perdido el nombre, su propia identidad. Han emprendido un lejano viaje al extranjero donde ignoran si los conoce alguien…

La ventaja que tiene romper con los esquemas, vivir en la aventura, decía mi amigo, es que así se vive en solitario. Se acaba con la tela de araña entretejida con multitud de gastados convencionalismos… Pero, claro, a partir de ahí uno se convierte en extraño entre su propia gente. Extranjero en su tierra. Un solitario apátrida rebelde…
Y yo, dubitativo, ágil, con mirada profunda, sentenciaba: “Poned atención que un corazón solitario, no es un corazón”. Así decía el poeta…

No hay comentarios:

Publicar un comentario