Llegó a este mundo como venimos todos, llorando, y con la herencia escrita de ser hombre. Él se creyó una estrella en el espacio y deseaba dar luz.
Pensó, sólo se siente dolor al nacer de un vientre. Y erró en su cálculo. Caminando, vio gente muerta de hambre, otros entre sollozos y llantos, vacío de amor, angustia. También vio amor, y una rosa sin cortar bajo un cielo azul claro. Y besos. Muchos besos.
Más tarde comprendió que no somos rosas de jardín florido; somos estelas de espuma que se disipan en la mar serena y olas que se desvanecen al alcanzar la orilla.
Sonrió después de su descubrimiento: acababa de entender el misterio de la vida.
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