Lloraba y lloraba después de que él la hubiera abandonado. Nada podía consolarla.
Cuando él regresó y se fundieron en un abrazo infinito, y bebieron recíprocamente la miel de
“El Microrrelato es el género literario emergente y paradigmático de nuestra nueva modernidad: por lo que tiene de urgente, de inmediato; por lo que representa de provisionalidad, de pluralismo, de relatividad, de búsqueda incesante; por lo que supone de mestizaje de géneros: es tanto relato, como ensayo, como biografía, como crónica de vida, como poesía, donde lo que sugiere va siempre más allá de lo que dice…"
El anillo
Se cuenta, y yo no sé si es cierta la historia, que la gente de aquel pueblo estaban dotadas, posiblemente como consecuencia de algunos de sus genes, de un instinto especial para detectar la vanidad de las personas. Cierto día, soleado y otoñal, las hojas doradas, casi marrones, de los árboles llenaban las calles del pueblo, como alfombras puestas en el suelo para ser pisadas por los habitantes del lugar. Sin embargo, fue un joven de piel negra quien, descalzo y medio haraposo, con cara de hambre y sed, caminaba por la calle principal del lugar llevando en uno de sus dedos un hermoso anillo con un diamante. Al verlo, salió a su encuentro un grupo de personas.
¿Necesitas ayuda?, le preguntaron al verle en un estado lastimoso.
No, lo que necesito no me lo podéis dar vosotros, respondió.
¿Cómo es que no te podemos dar lo que necesitas si estás a falto de ropa para vestir, calzado para caminar sin hacerte daño, comida para saciar tu hambre, etc?, dijeron extrañados los vecinos de manera solícita y compasiva.
No, no podéis darme lo que vale este anillo. Lo demás es secundario, el hambre se pasa comiendo, y la sed bebiendo, pero este anillo es único en el mundo. El joven de piel negra no levantaba la vista del dedo que portaba el anillo único.
Los ciudadanos del pueblo se mostraban desconcertados: había llegado, por primera vez desde la existencia del lugar, alguien que no era como los demás visitantes; él no quería nada y ls habitantes tampoco podían recibir nada de él, excepto, claro está, aquel anillo único que brillaba en uno de sus dedos. No obstante, el joven había dicho que nadie podía pagar su precio.
Una ráfaga de viento levantó las hojas del suelo y la tierra de la reseca calle se arremolinó en torno al grupo de personas que rodeaban al muchacho de piel negra, ropa haraposa y pies descalzos. Los habitantes del lugar se reunieron en la casa consistorial y decidieron poner precio a aquel anillo único y singular.
Después de una o dos horas de sesión, rodearon nuevamente al joven y le ofrecieron bastante dinero. Él se quitó su anillo, tomó el dinero y continuó en el mismo lugar sin mover un solo pie. Todos se marcharon con la joya; todos no, a su lado permaneció un niño que no había heredado, por la singularidad que tienen lass leyes de la herencia, el poder de descubrir la vanidad de las personas. El niño se dirigió al joven y le dijo, ¿has visto como sí había dinero suficiente para comprarte el anillo, por qué insistías en que no había nadie que pudiera comprarlo?
Vosotros tenéis el gen que os permite adivinar la vanidad de la gente. Yo tengo la experiencia. Éste es el quinto anillo que he vendido hoy en esta comarca.
El joven acarició la cabeza del niño, se dio media vuelta, se colocó otro anillo en el dedo y comenzó a caminar en dirección al pueblo vecino.
Cold weather blues
Escucho la canción Cold Weather Blues, de Muddy Waters, que pertenece al álbum Blue Bar Stew de 2010, mientras pienso relajadamente en el paseo que hoy he dado por el carril bici que circula por la parte sur del parque García Lorca. Hacía bastante frío y una envolvente niebla, que avanzaba a bancadas, incrementaba la sensación de ese frío granadino, seco, curtidor de pieles y sano. La canción de blues para el tiempo frío era la más adecuada para dar esa caminata que los médicos aconsejan para la salud.
Dos comentarios deseo hacer al respecto:
Menos mal que la canción que escuchaba, Cold weather blues, me hizo pensar que iba caminando para dar mi paseo diario, ese que dicen que tenemos que hacer para disfrutar de buena salud, porque por un momento experimenté la sensación de estar perdido o caminando entre nubes.
Química, vida y sentido común
La química entretiene a mis neuronas y las divierte, como un rompecabezas o un puzzle que permite múltiples soluciones. Éste ha sido el tema del que hoy les he hablado a mis alumnos. Hemos de saber adónde queremos llegar para elegir el camino a seguir: las mismas piezas nos permiten llegar a diferentes situaciones finales. No obstante, siempre exista una solución que responde fielmente al sentido común; por ejemplo, desde Granada a Málaga se puede ir por diversos caminos pero solamente uno es el que nuestro sentido común nos dice que es el más adecuado. Sin embargo, siempre tendremos la posibilidad de elegir cualquier otra opción, porque nuestras decisiones son tema de elección personal. En otros términos, cada uno decide el camino por el que desea transitar, de tal forma que, al caminar por dicho sendero, las neuronas y las demás células se sienten alegres y se divierten. Solo así se entiende la vida explicada desde un punto de vista personal. Vivo mi vida para ser feliz, sería la conclusión final.
Después de esta reflexión, que a algunos les podrá parecer frívola y simplista, nuestras elecciones se ven muy influenciadas por los mensajes que recibimos de otros: unas son de tipo religioso, otras de índole social, las más entrañan mensajes económicos. Y dejamos de ser felices. Y nuestras neuronas y las demás células, entendidas como las piezas de nuestro complejo puzzle, dejan de ser felices.
La vida biológica y las vidas religiosa, social, política, económica o laboral, por citar algunas de las facetas que pueden adoptar nuestras vidas, no se entienden: lo que me hace feliz a mí, resulta desgraciado si establezco otros puntos de referencia.. Alguien tiene que poner orden. Y ese alguien debemos ser cada uno de nosotros porque, en el fondo, muy en el fondo, lo que pretenden otros es que nuestro viaje desde Granada a Málaga lo llevemos a cabo por Córdoba, Badajoz, Sevilla para finalmente alcanzar la bella ciudad de la costa del sol.
Yo callo prudentemente, pero mis neuronas y las demás células cada vez se aferran más a la idea de que vivir es organizar su propio puzzle con sentido común.
Una pequeña historia sobre el beso
Juan es una persona extraña: de día es tímido e incapaz de besar o de mirar a los ojos de una mujer. Juan de noche sufre una transformación: cuando se ducha con agua fría, más o menos a las nueve de la anochecida, sus bufidos se pueden escuchar a kilómetros de distancia. Del cuarto de baño surge cada noche un personaje distinto, matador de toros a veces, empresario otras, médico oncólogo o funcionario destacado las más. Siempre elegante. Dicen las mujeres que sus besos son inimaginables. De noche, el tímido Juan ha nacido para el amor, de día para la introspección y la timidez. ¿Mutará alguno de sus genes al llegar la noche o cuando recibe el flujo de agua helada?
La nube caprichosa
Antes de regresar a Granada he vuelto la mirada hacia la mar. Aguas de un difícil color, entre marrón, verde y blanco, establecían una línea lejana con el azul rayado de blanco. Una nube caprichosa se creía que era un avión a punto de despegar, y desplegaba unas alas de cirros que se alineaban a ambos lados de la cabina de la nave, formada íntegramente por nimbos. Tomé una fotografía de esa extraña nube, -los oriundos de allí dicen que cuando aparecen aviones de nubes es signo seguro de lluvia-, y más tarde, cuando observé la fotografía con detenimiento en el ordenador, pude comprobar que una gaviota volaba delante de la extraña nube y extendía sus alas de forma tal que uno podía pensar que la nube era la sombra de la pequeña ave.
Los hombres del lugar que predijeron lluvia no se han equivocado. Y las aguas de la mar, al recoger todo ese material líquido una veces y embarrado otras, se volvieron de ese extraño color.
De vuelta a casa, y rodeado del blanco puro de la nieve, mis recuerdos se mueven en torno a esa imagen de la nube viajera con forma de avión, o de la gaviota que subió tan alta para cerciorarse de si aquello que veía era un avión o una nube caprichosa; también se detienen, mis recuerdos digo, en ese color tan extraño, mezcla de marrón, verde y blanco, a partes desiguales, que indica que la mar es parte de una naturaleza a la que muchos humanos parecen no querer pertenecer.
Entonces abrí mi ordenador y leí el precioso relato del animalillo de corta vida y de la ola en la que vivía.
Madrugada de reyes magos
Anoche, quizá fuese debido al ajetreo de la visita de sus majestades los RRMM de Oriente, aunque no descarto que mi desvelo tuviese su origen en la buena cena que tomé, sí, anoche digo, dormí mal; estuve despierto hasta las tantas de la madrugada. El cuerpo te pide dormir y los ojos y la mente desean realizar cualquier otra actividad, por ejemplo, bailar, beber un whisky escocés de 18 años, o cualquier otra cosilla así. Cundo esto suceda, no lo duden, escuchen la radio a bajo volumen. Yo lo hice. A esas horas los radioyentes son los verdaderos protagonistas de la radio. Llamó un caballero, creo que eran las 2.16 de la madrugada y en la calle no dejaba de llover y de manifestar su poderío una fuerte tormenta que iluminaba mi habitación; el señor hablaba de que estaba triste porque, al parecer, cuando fueron a retirar los juguetes que sus RRMM les habían dejado en algún comercio, al parecer digo, se habían dejado uno de los juguetes más esperados por uno de sus cuatro hijos. Luego, a las 2,34, y cuando la tormenta más dejaba sentir sus ruidos, luces y agua, llamó una señora que lloraba porque sus dos hijos no iban a recibir regalo alguno. No tengo que decir por qué, pero a los lectores sutiles no se les pasará por alto la situación de crisis que afecta a unos más que a otros.
Yo, que sigo siendo un mal pensado, no quise hacer comentario alguno. Las dos posiciones eran reales y por lo tanto legítimas. Nadie tiene culpa de lo que les pasa a los demás. Pero no por ser real deja de ser injusta la fiesta en la que sus RRMM reparten de manera no equitativa los preciados juguetes.
Varias opciones se me plantearon: 1) intervenir en el tema de los juguetes de los hijos de la señora, 2) cerrar la persiana a cal y canto para no ver lo que estaba sucediendo en la calle, 3) tomarme otro whisky, y 4) despertar de la pesadilla que me estaba impidiendo dormir.
Elegí una de las cuatro opciones. ¿Qué habrían hecho ustedes?
Fuengirola, 6 de enero de 2009
Nocheviejas pretéritas: segundo intento en falso
Prometí hablar de las “nocheviejas pretéritas” y acabé disertando sobre un pacto extraño entre el tiempo y yo. Alguien, a quien va dirigido este relato, me preguntó un día, usando el instrumento tecnológico más importante de la comunicación actual, el correo electrónico, ¿siempre hablamos del tiempo, pero qué es eso, lo sabes?
Después de esa pregunta, arribaron a mi cabeza una serie de imágenes, ya viradas al sepia por el tiempo, en las que se me aparecían un conjunto de cosas que tuve que ordenar. Eran las siguientes: una estilográfica y papel, un teléfono negro con dial giratorio, una postal, el edificio de la telefónica lleno de cabinas para realizar conferencias a distancia, un bombo de lotería provisto de panel plegable y bolas de madera; luego, como si estuviesen algo apartadas de todo lo que he mencionado, se encontraban un teléfono móvil y un ordenador abierto por la página del correo electrónico. ¡Qué extraño!, pensé, todo esto querrá decir algo. Después de mucho pensar, exclamé, ¡el tiempo, esto es el tiempo!
Alguien me dirá que el tiempo es todo: cosas, sentimientos, ideas, saberes, odios, rencores, vida y muerte. Y yo lo aceptaré, porque no pretendo, como hacían los viejos románticos, imponer mis ideas sino expresarlas. La belleza del pensamiento romántico es esa y no otra. Sin embargo, la idea de que el tiempo es el conjunto de cosas que he mencionado y de que puede emplearse como criterio de ordenamiento es interesante.
Verán que he intentado hablar de las “nocheviejas pretéritas”, tema del que llevo ya dos intentos baldíos, porque mi imaginación es enorme y mi verborrea mayor aún.
¿Resultará posible establecer el pacto con el tiempo al que me referí anteriormente? Más difícil, digo yo que soy un profano en temas filosóficos, más difícil fue el pacto de Fausto y el diablo y se logró. A cambio del alma de Fausto. ¿Qué habrá que darle al tiempo a cambio de su magia? Yo hablé de la experiencia, porque cada instante de tiempo es diferente a los anteriores y, por lo tanto, está carente de experiencia. Y me pregunto, yo que soy un terrible preguntón, ¿qué es la experiencia?
Creo honestamente que me estoy metiendo en un terrible callejón sin salida, pero me atreveré a encontrar un hueco por donde escapar: la experiencia puede ser el contraste que existe entre la vida pensada y la vivida. Categóricamente, sí. Lo que sucede es que resulta más fácil cambiar la magia del tiempo a través del intercambio de cosas tales como la estilográfica, el teléfono negro, el bombo de lotería, el edificio de la telefónica, el teléfono móvil y el correo electrónico. Ese es el pacto más común, entendiendo por común lo que afecta al mayor número de personas. Sin embargo, el conflicto entre la vida pensada y la vivida es la más sutil de las manifestaciones de la experiencia, porque solamente se observa en personas con una gran sensibilidad.
Fuengirola, 3 de enero de 2010
Nocheviejas pretéritas
Recuerdo, estrujando mi mente como se aprieta el paño mojado, girándolo con ambas manos en sentidos contrarios, las primeras celebraciones familiares de Nochevieja. Me he remontado a 1951 o 1952, no porque antes yo no tenga conciencia de esas celebraciones sino porque, simplemente, no celebrábamos nada. Bastante teníamos con sobrevivir en aquel barrio mísero. Pero la vida se vive en un lugar mágico llamado tiempo y el tiempo actuó lleno de su magia. Yo le había pedido al tiempo un trueque: él me regalaba magia, -algo que yo no tenía-, y yo a él le llenaría de experiencia. Porque el tiempo nunca es experimentado; no, el tiempo siempre es nuevo y necesita de experiencia. Hicimos el trato y aceptó. Y mi familia y yo, por la magia que nos había infundido el tiempo, salimos de aquel lugar y ¡abra cadabra!, aparecimos en Granada, la bella Granada, un mediodía otoñal. Recuerdo aquel paseo, entonces llamado con un nombre que no deseo recordar, por el que avanzábamos pisando hojas marrones y crujientes, como si las hojas se quejasen de las pisadas de los miembros de una familia que migraban en busca de tiempos mejores.
Recuerdo, estrujando mi mente como se retuerce la gamuza con que seca la chapa y los cristales de los coches recién lavados, apretándola con rabia contenida en las manos y dedos, para sacar hasta la última gota de agua. Sí, yo retorcí mi mente en busca de algo agradable que poder contarles; pero necesitaba establecer otros trueques con el tiempo para llenar mi cabeza y mi corazón, sobre todo éste, de recuerdos. Porque los recuerdos son una expresión de la vida.
Como pueden ustedes comprender de lo tratado en este relato, yo me pongo a hablar y se me va el santo al cielo, o mejor sería decir, me voy por los cerros de Úbeda, que como saben, es mi segundo apellido.
Otro día les hablaré de esas Nocheviejas prometidas: de las familiares y de las que disfrutábamos en el Liceo. Ahora me basta con, empleando la magia y el trueque con el tiempo, desear a todos un feliz año.
Fuengirola, 2 de enero de 2010