En aquel lugar, luminoso siempre y polifónico, todos los bienes lograban alcanzar la estatura de sus deseos, y demonios multicolores danzaban ante sus ojos al simple roce del dedo con la lámpara genial del nuevo Adalino. Hasta los arcanos ocultos de todos los tiempos se hacían patente a su mente al conjuro de algún abracadabra verbal, y sobre su frente se le posaba la sabiduría como lenguas de fuego, casi lo mismo que a aquellos apóstoles al paso santo de espíritu. Se le veía sonriente, con las mejillas encendidas, mascullando palabras en variada y permanente conversación con seres semejantes del mundo entero, escondidos a los ojos de todos, menos a los suyos iluminados. Y la misma manzana perversa del Edén hacía correr por las comisuras de sus labios un jugo más dulce y espeso…
Después, cuando cerraba el ordenador, su rostro se ensombrecía y las espaldas se les encorvaban al paso cansino y mal resignado en busca de sus rutinarias tareas pendientes…
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