Nocheviejas pretéritas: segundo intento en falso
Prometí hablar de las “nocheviejas pretéritas” y acabé disertando sobre un pacto extraño entre el tiempo y yo. Alguien, a quien va dirigido este relato, me preguntó un día, usando el instrumento tecnológico más importante de la comunicación actual, el correo electrónico, ¿siempre hablamos del tiempo, pero qué es eso, lo sabes?
Después de esa pregunta, arribaron a mi cabeza una serie de imágenes, ya viradas al sepia por el tiempo, en las que se me aparecían un conjunto de cosas que tuve que ordenar. Eran las siguientes: una estilográfica y papel, un teléfono negro con dial giratorio, una postal, el edificio de la telefónica lleno de cabinas para realizar conferencias a distancia, un bombo de lotería provisto de panel plegable y bolas de madera; luego, como si estuviesen algo apartadas de todo lo que he mencionado, se encontraban un teléfono móvil y un ordenador abierto por la página del correo electrónico. ¡Qué extraño!, pensé, todo esto querrá decir algo. Después de mucho pensar, exclamé, ¡el tiempo, esto es el tiempo!
Alguien me dirá que el tiempo es todo: cosas, sentimientos, ideas, saberes, odios, rencores, vida y muerte. Y yo lo aceptaré, porque no pretendo, como hacían los viejos románticos, imponer mis ideas sino expresarlas. La belleza del pensamiento romántico es esa y no otra. Sin embargo, la idea de que el tiempo es el conjunto de cosas que he mencionado y de que puede emplearse como criterio de ordenamiento es interesante.
Verán que he intentado hablar de las “nocheviejas pretéritas”, tema del que llevo ya dos intentos baldíos, porque mi imaginación es enorme y mi verborrea mayor aún.
¿Resultará posible establecer el pacto con el tiempo al que me referí anteriormente? Más difícil, digo yo que soy un profano en temas filosóficos, más difícil fue el pacto de Fausto y el diablo y se logró. A cambio del alma de Fausto. ¿Qué habrá que darle al tiempo a cambio de su magia? Yo hablé de la experiencia, porque cada instante de tiempo es diferente a los anteriores y, por lo tanto, está carente de experiencia. Y me pregunto, yo que soy un terrible preguntón, ¿qué es la experiencia?
Creo honestamente que me estoy metiendo en un terrible callejón sin salida, pero me atreveré a encontrar un hueco por donde escapar: la experiencia puede ser el contraste que existe entre la vida pensada y la vivida. Categóricamente, sí. Lo que sucede es que resulta más fácil cambiar la magia del tiempo a través del intercambio de cosas tales como la estilográfica, el teléfono negro, el bombo de lotería, el edificio de la telefónica, el teléfono móvil y el correo electrónico. Ese es el pacto más común, entendiendo por común lo que afecta al mayor número de personas. Sin embargo, el conflicto entre la vida pensada y la vivida es la más sutil de las manifestaciones de la experiencia, porque solamente se observa en personas con una gran sensibilidad.
Fuengirola, 3 de enero de 2010
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