El anillo
Se cuenta, y yo no sé si es cierta la historia, que la gente de aquel pueblo estaban dotadas, posiblemente como consecuencia de algunos de sus genes, de un instinto especial para detectar la vanidad de las personas. Cierto día, soleado y otoñal, las hojas doradas, casi marrones, de los árboles llenaban las calles del pueblo, como alfombras puestas en el suelo para ser pisadas por los habitantes del lugar. Sin embargo, fue un joven de piel negra quien, descalzo y medio haraposo, con cara de hambre y sed, caminaba por la calle principal del lugar llevando en uno de sus dedos un hermoso anillo con un diamante. Al verlo, salió a su encuentro un grupo de personas.
¿Necesitas ayuda?, le preguntaron al verle en un estado lastimoso.
No, lo que necesito no me lo podéis dar vosotros, respondió.
¿Cómo es que no te podemos dar lo que necesitas si estás a falto de ropa para vestir, calzado para caminar sin hacerte daño, comida para saciar tu hambre, etc?, dijeron extrañados los vecinos de manera solícita y compasiva.
No, no podéis darme lo que vale este anillo. Lo demás es secundario, el hambre se pasa comiendo, y la sed bebiendo, pero este anillo es único en el mundo. El joven de piel negra no levantaba la vista del dedo que portaba el anillo único.
Los ciudadanos del pueblo se mostraban desconcertados: había llegado, por primera vez desde la existencia del lugar, alguien que no era como los demás visitantes; él no quería nada y ls habitantes tampoco podían recibir nada de él, excepto, claro está, aquel anillo único que brillaba en uno de sus dedos. No obstante, el joven había dicho que nadie podía pagar su precio.
Una ráfaga de viento levantó las hojas del suelo y la tierra de la reseca calle se arremolinó en torno al grupo de personas que rodeaban al muchacho de piel negra, ropa haraposa y pies descalzos. Los habitantes del lugar se reunieron en la casa consistorial y decidieron poner precio a aquel anillo único y singular.
Después de una o dos horas de sesión, rodearon nuevamente al joven y le ofrecieron bastante dinero. Él se quitó su anillo, tomó el dinero y continuó en el mismo lugar sin mover un solo pie. Todos se marcharon con la joya; todos no, a su lado permaneció un niño que no había heredado, por la singularidad que tienen lass leyes de la herencia, el poder de descubrir la vanidad de las personas. El niño se dirigió al joven y le dijo, ¿has visto como sí había dinero suficiente para comprarte el anillo, por qué insistías en que no había nadie que pudiera comprarlo?
Vosotros tenéis el gen que os permite adivinar la vanidad de la gente. Yo tengo la experiencia. Éste es el quinto anillo que he vendido hoy en esta comarca.
El joven acarició la cabeza del niño, se dio media vuelta, se colocó otro anillo en el dedo y comenzó a caminar en dirección al pueblo vecino.
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