Comentábamos el pensamiento de Sigmund Freud de que la mente humana es como un museo arqueológico donde todos los restos del pasado se depositan y se conservan.
Del pasado de las experiencias personales vividas desde la infancia, precisó mi amigo, y las del largo pasado de la humanidad, transmitido de padres a hijos en el misterioso cofre del genoma originario. Para eso emprendió Freud la aventura terapéutica del Psicoanálisis, equiparable a las excavaciones arqueológicas que descubren los restos o los tesoros de una ciudad enterrada…
No pude reprimirme: ¡qué maravillosa es la frágil criatura humana, exclamé, con toda la riqueza y la belleza de un museo, toda la grandeza resplandeciente de una ciudad y todo el misterio que permanece oculto desde tenebrosos siglos remotos!...
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