Salir a la calle en los días fríos de invierno había sido siempre, a cualquier hora, eso no le importaba, uno de sus más deliciosos placeres: sentir la lluvia fina humedeciéndole el rostro, las manos, empapando su gorrita de áspero fieltro, resbalando por su cazadora impermeable,... La sensación de la gente pasando apresurada a su lado, rozándolo a veces, “perdone, es que con esta lluvia...”, el chasquido del agua en los charcos pisados, el chirrido de los frenos de los coches sobre el pavimento deslizante... Era como una experiencia de libertad, de poderío, como de volar, de pisar por encima de las irreparables limitaciones de la naturaleza humana.
Lo único que amortiguaba tenuemente su euforia era un sutil temor, persistente, "no lo puedo remediar" me decía, de que algún transeúnte presuroso pudiera tropezar con su inseparable bastón lazarillo, de color blanco , que siempre antecedía sus pasos, y cayera sobre los adoquines mojados...
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