No podía eludir su viejo tono profesoral. Me hablaba, con énfasis, de cómo en casi todas las culturas, a medida que la mentalidad primitiva se va depurando, su actitud cultual evoluciona, casi necesariamente, del totemismo hacia una religiosidad monoteísta. Buscan un solo dios, aunque esté rodeado éste de un gran número de deidades inferiores. (Yo lo escuchaba en silencio).
En la cultura incaica, por ejemplo (proseguía en su tono magisterial), por referirnos a un modelo relativamente cercano y fuerte, el totemismo inicial de los antiguos peruanos cedió su lugar al Sol (“Inti” o “Apu-Puchan” = El Jefe del Día) e, inmediatamente, se lo unió a la diosa femenina incaica “La Pachamama” (La Diosa Tierra).
Pareciera en este caso y en otros similares que existe, como pensaba Carl G. Jung, unos arquetipos simbólicos de especie, me aventuré a insinuarle, arquetipos que alcanzan su maduración en la pareja “Dios-Padre” y “Diosa-Madre”, de acuerdo a las necesidades simbólicas y cosmogónicas del hombre.
Cierto, me respondió. Lo eterno femenino (la tierra abierta en surco) cobra fuerza sagrada frente al padre fecundador (sol, lluvia, rocío de lo alto). El surco, en la madre tierra se abre para ser sembrado. “Dios-Padre” deposita y fecunda su semilla en ella. La “pachamama” incaica, sírvanos como ejemplo, es la mujer que gesta en su seno el fruto de la vida.
Y terminó recordándome unos versos de LAO TSE, tal como lo expone gráficamente en uno de sus “Tao”:
El espíritu de la profundidad no muere.
Es lo eterno femenino.
La puerta de salida de lo eterno femenino
es la raíz de cielo y tierra…
En la cultura incaica, por ejemplo (proseguía en su tono magisterial), por referirnos a un modelo relativamente cercano y fuerte, el totemismo inicial de los antiguos peruanos cedió su lugar al Sol (“Inti” o “Apu-Puchan” = El Jefe del Día) e, inmediatamente, se lo unió a la diosa femenina incaica “La Pachamama” (La Diosa Tierra).
Pareciera en este caso y en otros similares que existe, como pensaba Carl G. Jung, unos arquetipos simbólicos de especie, me aventuré a insinuarle, arquetipos que alcanzan su maduración en la pareja “Dios-Padre” y “Diosa-Madre”, de acuerdo a las necesidades simbólicas y cosmogónicas del hombre.
Cierto, me respondió. Lo eterno femenino (la tierra abierta en surco) cobra fuerza sagrada frente al padre fecundador (sol, lluvia, rocío de lo alto). El surco, en la madre tierra se abre para ser sembrado. “Dios-Padre” deposita y fecunda su semilla en ella. La “pachamama” incaica, sírvanos como ejemplo, es la mujer que gesta en su seno el fruto de la vida.
Y terminó recordándome unos versos de LAO TSE, tal como lo expone gráficamente en uno de sus “Tao”:
El espíritu de la profundidad no muere.
Es lo eterno femenino.
La puerta de salida de lo eterno femenino
es la raíz de cielo y tierra…
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