La ola y el beso
El día era ventoso, raro, cálido y estaba presidido por una especial claridad. Solo que hacía bastante viento. Manolo Mira paseaba con Maribel junto al mar. Él deseaba decirle algo importante pero no sabía cómo hacerlo. Sobre la arena de la playa, un hombre con el torso descubierto, un escultor de arena, levantaba la efigie de lo que ya parecía un cocodrilo o algo parecido. Había trabajado muchas horas para conseguir aquella obra de arte popular. Un golpe de viento la derribó. La cabeza del animal, que se dirigía en escorzo hacia arriba, salió volando a pesar de los esfuerzos del hombre por protegerla.
Maribel no pudo contener su contrariedad. Manolo se comportaba como lo que realmente era, un filósofo que trata de explicar todo lo que ve o piensa. En este caso, el tema de lo efímero de la obra humana fue su discurso. Ella, afectada por lo que había visto, no podía creer lo que estaba oyendo. Entonces preguntó:
¿Así es también el amor, Manolo?
No, contestó él de manera rápida. El amor no es obra de los hombres.
Entonces, dime, ¿de quién es obra el amor?
Manolo, el joven filósofo, parecía atrapado. Ella estaba usando su misma estrategia, la de usar trampas dialécticas.
El amor es un sentimiento humano y es muy probable que tenga un sentimiento génico, contestó el muchacho saliendo así del apuro intelectual.
¿Y cuál es la diferencia entre obra y sentimiento?, ¿acaso el sentimiento tiene un origen externo al hombre? De nuevo la trampa estaba sobre el tapete de juego.
Verás, Maribel, yo creo que los cuerpos tienen la propiedad de crear sus propios sentimientos de amor y odio, de interpretar lo que consideran aceptable o rechazable, etc. Sí, se envalentonó el muchacho, la corporeidad crea al espíritu, si entendemos este término como todo lo que abarca a lo inmaterial.
La chica se acercó a Manolo y lo besó apasionadamente. Él no entendió lo que estaba sucediendo. Ella preguntó:
¿En qué parte de tu cuerpo has sentido lo que yo he experimentado al besarte así?, ¿es en ese lugar donde se encuentra la corporeidad, Manolo?
El chico se ruborizó y, al mismo tiempo, volvió a besarla de la misma forma. Ella miró hacia la ola que se acercaba llena de espuma y arrastrando algo de arena y contempló cómo desaparecía al acercarse a la orilla y se transformó en agua remansada. Luego se volvió hacia el muchacho y le dijo:
Manolo, yo no quiero que seas como la ola, que después de mostrar su bravura se deshace. Me gustaría que fueses como el beso que nos hemos dado: cálido, sincero, lleno de paz y mensajero de algún recado que no te sientes capaz de dar.
Él miró al mar, luego giró su cara hacia ella y la volvió a besar.
Leyendo vuestros hermosísimos relatos, me hacéis retornar de un golpe al "Romanticismo"; en estos tiempos en los que tanto extrañamos todo lo que ese movimiento -del alma y de la carne- significa. Y viene a mi memoria la cita de Novalis cuando dice: "Romantizar no es otra cosa que potenciar cualitativamente... Cuando doy un sentido más elevado a lo común, cuando a lo conocido otorgo la dignidad de lo desconocido y a lo finito el aspecto de lo infinito, entonces estoy romantizando".
ResponderEliminarProfunda gratitud, por estar ahí cada día,y cada noche... dando a las cosas el mágico sentido de lo poético.
Hasta hoy no he podido contestar tu hermoso comentario sobre el romanticismo, a través de ese bello pensamiento de Novalis. En el fondo, hemos nacido para lo mejor. Lo dijo Schiller en un precioso poema filosófico (Hoffnung, Esperanza). El problema aparece en el sentido que cada uno da la expresión "lo mejor". Yo tengo mis preferencias sobre este término y las he hecho valer. Y tú también.
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