Mientras recorríamos pausadamente aquel jardincillo de la vega granadina, al que familiarmente llamábamos “los Paralelos”, con la nieve casi eterna del “Veleta” al fondo, hablábamos mi amigo y yo sobre aquellos versos de Pablo Neruda, que tantas veces habíamos comentado: “Sucede que me canso de ser hombre…” Versos de angustia, de horizonte cerrado, de tardes sin futuro. Momentos de existencia, los que hablaba el poeta, que para muchos, en lo aparente, al menos, convertían el vivir en tarea pesada, en demasiado ardua.
Me parece sentir, decía mi amigo, que en la cerrada frase de Neruda gravita la dolorosa condición del hombre que se sabe arrastrando la pesada roca impuesta por los dioses, sabiendo de antemano que cuando llegue a la cima de la montaña, la piedra volverá a rodar hasta la base.
La frase de Neruda, añadía yo, igual que aquella otra de Blas de Otero (“Humanamente hablando es un suplicio ser hombre y soportarlo hasta las heces…), clásica también en nuestras conversaciones de entonces, anunciaban con profunda evidencia la muerte del racionalismo, ideológicamente, imperante hasta entonces. Se buscaban nuevos paradigmas. El “Logos”, que había dominado en Occidente desde la Grecia “Parmesiana” hasta la Europa de Hegel, cedía su lugar a un nuevo estilo de pensamiento: el de la vivencia, el del devenir, el de la existencia, el del vivir total.
Y coincidíamos los dos en que las hermosas acuarelas del paisaje que refleja la vida ya no podían seguir siendo trazadas por exclusivos designios de los dioses… El hombre, en su vivir de siempre, es quien da la pincelada, -incluso, muchas veces, el brochazo gordo- a este cuadro que compone el claroscuro de su vida humana.
Me parece sentir, decía mi amigo, que en la cerrada frase de Neruda gravita la dolorosa condición del hombre que se sabe arrastrando la pesada roca impuesta por los dioses, sabiendo de antemano que cuando llegue a la cima de la montaña, la piedra volverá a rodar hasta la base.
La frase de Neruda, añadía yo, igual que aquella otra de Blas de Otero (“Humanamente hablando es un suplicio ser hombre y soportarlo hasta las heces…), clásica también en nuestras conversaciones de entonces, anunciaban con profunda evidencia la muerte del racionalismo, ideológicamente, imperante hasta entonces. Se buscaban nuevos paradigmas. El “Logos”, que había dominado en Occidente desde la Grecia “Parmesiana” hasta la Europa de Hegel, cedía su lugar a un nuevo estilo de pensamiento: el de la vivencia, el del devenir, el de la existencia, el del vivir total.
Y coincidíamos los dos en que las hermosas acuarelas del paisaje que refleja la vida ya no podían seguir siendo trazadas por exclusivos designios de los dioses… El hombre, en su vivir de siempre, es quien da la pincelada, -incluso, muchas veces, el brochazo gordo- a este cuadro que compone el claroscuro de su vida humana.
Qué de recuerdos, José María, suscita tu cuidadoso, exquisito, musical y evocador relato de "nuestros otros tiempos". Son tan lejanos, y ahora tú los haces tan cercanos, que me han pensar que, en toda esta larga pasada del tiempo, ni tú ni yo "nos hemos cansado de ser hombres"... Y que en estos claroscuros que según dices, componen el lienzo de una vida, en el nuestro predomina todavía la trensparencia luminosa de los claros...
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