Le producía una extrañeza, impotente y amarga, que en las encuestas ocasionales sobre las preocupaciones recurrentes de los ciudadanos no se manifieste nunca la inquietud, indignación, dolor, rechazo o espanto por el “terrorismo automovilístico”: la macabra amenaza pendiente sobre cualquier ciudadano, viandantes o motorizados, como una permanente espada de Damocles; esa epidemia escalofriante de muertes y homicidios que se perpetran continuamente en nuestras calles, caminos y carreteras por irresponsabilidad flagrante de los conductores.
Nos enteramos por los noticieros diarios, semanales y anuales y nos consolamos con las declaraciones estadísticas que computan cada vez, con indisimulado y repugnante triunfalismo, un tanto por ciento de desgracias inferior a las del año anterior…
¿Por qué nos mantenemos tan desconcertantemente impasibles –exclamaba mi amigo- a tanto dolor, tanta desesperación, tantas tragedias humanas que amenazan y que infectan a la humanidad entera, de las que todos, desde nuestro indiferente rictus de hombros encogidos, somos los responsables?
Reconozco en "Terrorismo" tu "Ideal del Yo"; la inocencia que en él reflejas, y tu altos y nobles pensamientos, me han llevado a aquella reflexión-resignación de Paul Valèry: "Bien sé lo que de quimérico tiene mi ideal".
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