Allí estaba aquel árbol casi seco, al borde del camino…
La vida, con frecuencia, como el árbol, cuando crece sin agua y con escaso sol, se va secando lenta: el verde de sus hojas se marchita y todo el fruto -estéril- cae a la tierra. Sólo la sombra vive en la semilla.
Y es necesario, para lograr que el verdor de las hojas sea perenne, que el tronco se mantenga plantado junto al agua. El caminante sabrá entonces que al llegar el calor sus hojas serán sombra.
A veces, el vientecillo que sopla en la mañana presagia una humedad cercana. Pero esa brisa dura unos instantes. Esos cortos veneros que bajan de los montes casi nunca llegan a ser río.
Siempre habrá que esperar la lluvia de lo alto… Sólo así los tonos lacios quizás renazcan con nuevas primaveras.
La vida, con frecuencia, como el árbol, cuando crece sin agua y con escaso sol, se va secando lenta: el verde de sus hojas se marchita y todo el fruto -estéril- cae a la tierra. Sólo la sombra vive en la semilla.
Y es necesario, para lograr que el verdor de las hojas sea perenne, que el tronco se mantenga plantado junto al agua. El caminante sabrá entonces que al llegar el calor sus hojas serán sombra.
A veces, el vientecillo que sopla en la mañana presagia una humedad cercana. Pero esa brisa dura unos instantes. Esos cortos veneros que bajan de los montes casi nunca llegan a ser río.
Siempre habrá que esperar la lluvia de lo alto… Sólo así los tonos lacios quizás renazcan con nuevas primaveras.
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