Desde que el jueves pasado, Antonio Espinosa escribió sobre el Alzehimer, enmarcándolo entre la palabra y el silencio, ha venido buscando luz entre mis vericuetos neuronales el siguiente microrrelato:
Hablando de Ilya Prigogine, premio Nóbel de Química de 1977, y de su teoría de las “estructuras disipativas”, me hace mención mi amigo de las piezas musicales, el “Tannhäuser” de Wagner, por ejemplo, o el “Primer Concierto para piano y orquesta” de Chopín (me dice modulando la voz y casi en susurro) que, como cualquiera de ellas, parte del silencio, termina en el silencio… (su voz se disipa, es ya casi inaudible).
Y como cualquier vida humana, le replico alzando el tono, cuando desemboque en el mar de las brumas y los estremecedores silencios irreversibles… Pero nos habrá dejado, quienquiera que sea o haya sido, su música única, su melodía inigualable, su canción incesante, la suya sola, inextinguible.
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