Una amiga, a quien todos deseamos ver entre los participantes de este blog, me ha enviado esta mañana un precioso correo electrónico que contiene una frase de Boabdil el Zogoibi, que dice:
"Lo que una vez sucede, se queda sucediendo para siempre".
Y yo, que soy un manipulador de las palabras, he transformado la frase en esta otra:
"Lo que sucedió alguna vez, sucederá para siempre"
Y agregaba en mi comentario, amiga, si esto es así es para echarse a temblar.
La oliva empapada de agua de Faustina, la mujer que atravesaba la vida que yo comenté ayer, la palabra pinchada con un alfiler de José María, la recogida del agua caída en la tormenta son hechos o pensamientos que, por haber acaecido alguna vez o haber sido pensados en algún momento, se han incorporado a nuestro arsenal de sucesos que forman eso que llamamos el tiempo, que no es otra cosa que lo que tiene que suceder para que sintamos lo que ahora tenemos y antes no teníamos, o lo que ahora no tenemos y antes nos pertenecía. Sí, lo que una vez sucedió, sucede para siempre, porque tiene la cualidad de modificar eso que llamamos el tiempo.
Faustina, con su relato llamado Paraguas, me ha hecho recordar que esta mañana, sin pensarlo ni decidirlo con anterioridad, yo he cogido mi chaqueta del armario y he cambiado mi tiempo de verano a tiempo de otoño.
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