lunes, 21 de septiembre de 2009

La palabra perdida

La palabra perdida
Anoche recibí otra llamada telefónica. Era noche cerrada y silenciosa. En cierta ocasión, siendo yo un adolescente, mi abuelo me dijo que cuando la ciudad se calla resulta posible oír el sonido de los perros y gatos noctámbulos, pero anoche no aparecieron ni unos ni otros y solamente reinaba el silencio que proviene del mundo del silencio. Desde ayer la sierra luce su sombrero blanco de arlequín y el reloj del dormitorio, que lleva años sin pilas, marca tozudamente las tres y veintidós. La quietud reinaba en toda la casa y solamente se vio rota por el timbrazo de un teléfono que avisa tocando a Schubert.
Dime amigo, dije yo sin preguntar por quién llamaba a deshoras.
Hoy he vuelto a perder otra palabra, respondió la voz desde cualquier sitio.
¿Qué palabra?, insistí yo como cada día.
No sé.
¿La has buscado bien?
Sí.
Dime, por qué me llamas cada noche contándome la misma historia?
Para ver si tú tienes la palabra que yo he perdido.
Sí, yo tengo todas las palabras.
Bien, me quedo tranquilo porque sé que no está extraviada sino almacenada en su sitio, junto a las demás palabras. Adiós.
Luego me desperté porque el reloj, que en mis pesadillas no tiene pilas, emitió el sonido desagradable para decirme que eran las seis y media de la madrugada y que debía alzarme de la cama para comenzar mi tarea de escritor de historias de ficción.

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