miércoles, 23 de septiembre de 2009

LA MIRADA CREADORA

Él miraba la tarde melancólico. Era tarde de otoño, cuando en el aire tibio se perfilan las nubes con formas de cristal. Y, en este atardecer, él miraba y vivía el embeleso limpio y azul, ocaso de la tierra…

Veía él, al contemplar la tarde, jirones grises rompiéndose en el cielo. Y al recrear las luces iba dando sentido a formas casi mágicas.

Se preguntaba cuál era el don, cualidad de los dioses, que permitía convertir las cosas en conjuntos armónicos trasluciendo belleza.

Comenzó a comprender, cuando ya todo el silencio gris dominaba la tierra, que lo importante quizás sólo fuera desentrañar con mirada de niño el secreto guardado de las cosas.

2 comentarios:

  1. José maría: He entrado con mi PUNTO DE VISTA, a los 10 munutos de haber colgado tú el precioso y perfilado "relato breve" LA MIRADA CREADORA. Perdóname, porque no me he dado cuenta hasta ahora que son las 17'10... Me gusta mucho y sentiría siceramente que, al poner el mío, haya distanciado el tuyo de las "miradas recreadas" de posibles lectores... Espero que lo lean y lo disfruten tanto como yo. Gracias, José María y perdona que haya puesto el pie sobre tu cabeza sin darme cuenta...

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  2. A propósito del bello relato de José María, os dejo con esta prosa que escribí para el comienzo de un artículo (hace ahora justo un año); esperando sea del agrado:

    Viene a mi memoria la época de mi adolescencia. Hacía una tarde de esas en las que el otoño anuncia su singular llegada. De esas tardes en las que el cielo se desploma en un dorado resplandeciente y cubre de intensa luz todo lo que toca transformándolo, y transfigurándolo. De esos atardeceres en los que todo está en calma pero, de pronto, aparece un torbellino de vientos agitándose, atronadores relámpagos en el silencio del azul, y gente corriendo por las calles al refugio de la que va a caer.

    Con el transcurso del tiempo he vuelto a disfrutar de ese atardecer dado que se repite cada año aliviando los cuarenta grados del agostito y devolviéndonos el perfume inconfundible de la tierra mojada, la brisa fresca y la poética noche.

    La semana pasada disfruté de nuevo este regalo: caía la luz a esa hora en la que me adentro en un estado de delectación espiritual. Después del silencio alborotado, comenzó a caer -del gris- un inmenso manto de besos húmedos que, a modo de saludo, nos introducían en la otoñal estación. Esa misma luz que a otras personas les retorna a la tristeza: “Como la luz amarga forma parte del otoño” –nos recitaría Luis García Montero-. Y me dejé, me dejé acariciar por aquella lluvia que, voluptuosa, acariciaba mi cuerpo con exaltado deseo.

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