miércoles, 9 de septiembre de 2009

LAS PALABRAS

Por su mente revoloteaban las palabras. Pensaba él que eran sus pequeñas mariposas de cristal. Las había de todos los colores. De diferentes formas. Azules, rojas, verdinegras, cremas… Flotaban en el aire formando combinaciones ricas y expresivas. Era un secreto baile que enriquecía su mente y hablaba sus secretos.

Cuando quiso, como buen entomólogo del verbo, guardarlas en su caja de cristal, atravesadas con un alfiler propio de la entomología, una hermosa palabra se le escapó volando. Nunca ha sabido exactamente cuál se alejó de aquel pequeño círculo de mariposas-verbo que había ido atesorando a lo largo de su vida.

Su afán, desde entonces, ha sido darle caza. Guardarla entre las ricas piezas de su colección de hermosas mariposas… Pero no lo ha logrado. Ha tenido la impresión siempre de que algunas mariposas sólo existían para ser contempladas a lo lejos.

3 comentarios:

  1. José María: Después de leer tu bellísimo, sugerente relato sobre esa palabra huidiza que se te escapó volando, como mariposa transparente de cristal (¿dónde está?, ¿qué se lleva de tu propia alma, o de la mía, de la nuestra…?) me he acordado de algo que me escribió nuestro amigo Antonio Espinosa, desde su cátedra científica de Granada, cuando salió -volando también- mi libro “Microrrelatos histéricos”. Me citaba un pensamiento de Orhan Pamuk de su novela “El libro negro”: que lo más hermoso de la escritura es ver la magia que encierra, ver cómo las letras se buscan unas a otras para buscar palabras… Estoy viendo tus mariposas, José María, y te digo con Juan Ramón, “sólo queda en mi mano la huella de su huída”…

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  2. Cuando el lunes leí la pregunta de Faustina, abierta con sus pefiladas palabras entre la esperanza y el desgarro, "¿Vendrá la locura a rescatarnos?", me quedó flotando un pensamiento cuya autoría no recordaba. Hoy por fin lo he confirmado: es de Kant, al que ahora cito de memoria, a mi manera: que la Razón y la Locura son dos reinos vecinos, con fronteras tan cercanas que es imposible entar en uno sin perderse entre las callejuelas del otro...

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  3. Buceando en el recuerdo
    Nada es tan sugerente como el intenso olor de la higuera: huele a umbría, a verdor, a dulce, a familia, huele a tiempo pasado, a personas desaparecidas, a flores marchitas, a frescor; es un olor de hoy que, sin embargo, evoca el olor de ayer, de un ayer tan lejano como uno desee distanciarlo en el tiempo. Ese olor a maduro, a algo estropeado y marchito evocó el recuerdo de mis padres. Y yo me entretuve en ese tiempo remoto que es el recuerdo, algo que ya no existe si no es dentro de uno mismo. Como me sucede con ella. Ella es también recuerdo para mí, algo que ya no existe si no es en forma de imágenes y de palabras que intento revivir cada día de mi vida. Mis recuerdos son así de caprichosos: el de mis padres ha regresado hasta mí traído de la mano de un intenso olor a frondosa higuera; del de ella tiro yo cada día, voluntariamente, y no necesita ir cogido de la mano de signos externos.
    Hay recuerdos y recuerdos.

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