jueves, 17 de septiembre de 2009

Sentado en mi viejo sillón azul

Escuchando el saxo de Sonny Rollins, y sentado en mi viejo sillón azul con pintas blancas y en relieve, las yemas de mis dedos se entretienen en tocar, mejor sería decir palpar, las pintas blancas. Afuera, un cielo tormentoso formado por cirros amontonados e interpuestos, de colores que sólo se hacen visibles en la escala de grises, anuncian el agua que llevan en sus entrañas. Descorro el visillo y dirijo la mirada al mundo que existe detrás de ese cristal que aún muestra restos de la tormenta de ayer. Detengo mis ojos en un perro de corto rabo, blanco manchado en negro o al revés, vaya usted a saber, que hociquea incansable cualquier mancha en el suelo. En algunas se detiene y orina sobre ellas. En la plaza, los adolescentes que hace unos días jugaban junto a la fuente, hoy llevan a la espalda sendas mochilas preñadas de libros de texto. Sonrío al pensar en los años en los que yo era el porteador de los pesados libros; entonces no había mochilas ni plástico transparente para forrarlos. Lo usual era llevarlos cogiidos entre la mano y el brazo, a veces descansándolos sobre el pecho. No veo ni una hoja de árbol sobre el suelo; sin embargo, el tiempo es otoñal. Un otoño atípico porque esta es la estación del viento, de las hojas amarillas, xantofílicas, que bailan durante su descenso desde la copa de su árbol, de los chaparrones que duran cinco minutos y, precísamente por eso, te dejan empapado. Son chaparrones traicioneros pero agradables. Cuando terminan de caer, todo se impregna de un olor a tierra mojada y la corredera se tiñe de gris. Hoy acabo de leer que varias personas han muerto ahogadas durante las tormentas de un verano que quiere ser otoño, o de un otoño que compite con el verano por ocupar un espacio y un tiempo, antes bien establecidos.
Vuelvo a correr el visillo y sigo escuchando el saxo de Rollins, que compite ahora con el piano de Bill Evans para conseguir la mejor armonía. Luego pienso que los humanos habitamos el planeta que un día decidió llamarse Tierra.

2 comentarios:

  1. Precioso el retrato de otoño que nos has regalado. Conmovedor el realismo con que lo describes. Me ha hecho acercarme a la realidad de tu tarde granadina.

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    Genial. Realmente genial. ¿Qué más se puede decir?. Sólo una cosa más: que he disfrutado con la lectura de este relato. Gracias.
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