Ninguno de aquellos rostros miraba a los demás, pero sentía que todos estaban fijos en él. En casi todos ellos podía atisbar un rictus, un gesto, una señal, una llamada, un grito, como si le rodearan las máscaras en un baile de disfraces. Mientras iba posando en cada uno de ellos su mirada, le parecía adivinar la hostilidad, el miedo, la ilusión, el dolor, la resignación, el disgusto, la alegría, la indiferencia, la pena, la ansiedad, el sosiego…
Cuando salió de la Exposición de los cuadros de Amadeo Modigliani, ya en la calle, miraba el rostro de los transeúntes que se le cruzaban, como si fueran lienzos de un museo.
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