miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cuento de invierno_2


El río


La situación era bastante compleja: ella asomaba su rostro sobre el pequeño río pero no veía su cara reflejada en las aguas que circulaban a un ritmo bajo. Solamente podía contemplar una gaviota, deforme por el suave movimiento del agua, un árbol que parecía doblarse caprichosamente y que era imposible detener su movimiento, y un reloj circular, que marcaba una hora extraña porque aparecía casi doblado por el centro del círculo en el que se alojaban los números en forma radial. Nada más era visible en aquellas aguas cristalinas que corrían por el río hacia ese lugar extraño que la gente lugareña conocía, y al mismo tiempo temía, con el nombre de tinieblos.

Ella no mostraba cara de asombro; parecía reconocer ese momento como uno de los momentos ya vividos en aquel mismo lugar. Y yo, que soy un observador de los hechos y acontecimientos no normales, -no los denominaré ni anormales ni paranormales-, tomé buena nota de lo que estaba viendo: el agua se mostraba como un espejo que no muestra lo que ve sino otra realidad diferente.

Se tratará del sitio de la doble realidad, pensé.

Alguien me había hablado de ese lugar. Más aún, me habían sugerido, o pedido, puede ser que ordenado, hacer una visita al lugar de las dos realidades. Me sentí incómodo y no deseaba por nada del mundo que ella levantase su linda cabecita, me viese y decidiera hablar conmigo. No lo hizo, ¡menos mal!, resoplé, mientras tomaba notas sobre lo que estaba viendo.

Regresé a mi lugar de la única realidad y le leí a mi jefe, con toda veracidad, las notas que había escrito. Esto decían:

Llegué al lugar, tomé buena posición detrás de un árbol, ella llegó y se miró en el río. No olvidaré jamás la cara tan bella de la chica que se reflejó en las aguas bravas que circulaban a una velocidad increíble. ¿Cómo es posible ver en esas aguas una cara tan perfecta?

Nunca he regresado a aquel sitio, al lugar de las dos realidades, pero me asusta pensar que todo lo que vi, escribí y conté sea verdadero.



Fuengirola, 23 de diciembre de 2009

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