sábado, 26 de diciembre de 2009

EL DIOS DE LA NAVIDAD

Días de Navidad… La lluvia -mansa, unas veces, alocada, otras- va horadando la tierra. Un cielo de color ceniza lo va envolviendo todo. Es tarde, hoy, de lectura serena y sosegada. De contemplar, absorto, el discurrir nervioso de las gotas de agua rodando en los cristales para buscar alfeizares y detenerse lentas. Es momento, esta tarde de recrearse con mirada ingenua en las pequeñas figurillas de un Belén miniatura… Tarde para leer, para pensar al tiempo, para soñar y recordar imágenes, a veces olvidadas, que se fueron perdiendo tras las nubes del tiempo…

Leo, hoy, sin duda con mirada distraída y rápida, algunas narraciones que tratan de los dioses. Leyendas mitológicas, leídas muchas veces. Cosas de “buenos” dioses que entraron en la tierra para ayudar o castigar al hombre. Y descubro, al leer, el hallazgo de siempre: la mágica presencia de los dioses cuando la vida se convierte en sacra. Cuando el dios aparece, lo más trivial del hombre cobra sentido misterioso y mágico. Es el poder del dios.

Mientras leo, me pregunto: ¿son los dioses los que nos invaden o somos los humanos -pequeños indigentes- los fabricantes de criaturas mágicas que han servido para poder explicar lo inexplicable?

La interrogante se nos queda en la tarde envuelta en la misma tristeza del paisaje. Las figurillas de mi Belén casero no me dan la respuesta. Quizás sea lo mejor, mientras podamos, mirar la entrecortada luz que aún le queda al día y adivinar, sin muchas evidencias, el misterio de un dios en Navidad. Un dios que mientras habla siempre la lengua de los hombres, transforma nuestro paso profano en huella trascendente.

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