jueves, 17 de diciembre de 2009

Y les llamamos bárbaros

Y les llamamos bárbaros


Sí, a los bárbaros del norte, a los que espada en mano, teas incendiarias, caballos medio salvajes como ellos, corazas protectoras hechas a mano, barba de siempre y suciedad en sus corazones y en sus rostros, atacaban cualquier ciudad, que se defendía con las mismas armas aunque sus rostros aparentasen mayor limpieza, o cualquier indefensa aldea poblada de gentes sencillas donde se acumulaban los niños, que representaban el futuro, y los ancianos, ostensible representación de lo que ya había sido una vida. Sí, digo de nuevo, esta clase de gente ha pasado a la historia de la humanidad como los bárbaros del norte. La lucha era desigual ya que la provocaba la parte guerrera, los denominados bárbaros, en contra de la ciudadanía, que entonces no se llamaba así pero no por ello no vamos a dejar de describirla con tal nombre. Dicho en otros términos, entonces existían dos clases de humanos: los amigos de la muerte y los enemigos de la misma. Todos nos declaramos enemigos de la muerte pero algunos, en su miedo a morir, se alinean con ella y provocan la extinción de los demás: monarquías absolutas, bárbaros del norte, señores feudales, inquisidores de cualquier fe, reyes de taifas, dictadores, etc., han dedicado su vida a jugar con la muerte de los demás. Pero con la vida no se debe jugar, podemos vivirla mejor o peor pero la vivimos mientras estemos vivos; la muerte es irreversible y asimétrica. Es lo único asimétrico… aunque se nos prometa una vida al otro lado de la muerte. ¡Ojalá así sea!, aunque me temo que la muerte es un proceso individual y no un fin colectivo. Nos morimos de uno en uno y no colectivamente… a menos que actúen los denominados bárbaros.

Y les llamamos bárbaros. Sí, a los que, una vez provocada la destrucción de todo y eliminado el poder de ciudades y aldeas, se transformaban en el nuevo poder de ciudades y aldeas. La idea era muy simple, acabar con el injusto, prevaricador y tiránico poder establecido y, al mismo tiempo, dar un escarmiento a las gentes sencillas, hombres, mujeres, niños y ancianos, muchos de los cuales debían morir colectivamente para el cumplimiento de los objetivos planeados. El resultado final era el caos inicial y, lo que es peor, el odio generado, un odio personal, un odio entre clases y un odio entre culturas y religiones.

Por todo esto llamamos bárbaros solamente a los guerreros medievales que procedían del norte.

Pero la situación es hoy diferente. Verán, ni las espadas ni las teas incendiarias, ni el aceite hirviendo eran artilugios inteligentes ya que obedecían sólo las órdenes del brazo que los maniobraba, mientras que las armas, sobre todo los misiles actuales, son inteligentes y se dirigen a su objetivo, previamente fijado, pase lo que pase excepto si son destruidos con anterioridad a su lanzamiento. ¡Qué delicadeza, qué sutileza y qué tranquilidad! Podemos estar contemplando la guerra desde la primera fila en la seguridad de que la destrucción es cosa de otros y la muerte no se dirige a nosotros. A menos que alguien decida que da lo mismo el número de muertos y apunte a tu balcón. Primera diferencia con los que llamamos bárbaros.

Recuerdo un viejo chiste que me contaba mi abuelo, una sencilla broma ingenua, llena de sentido común – y ésta será, como ahora se verá, la segunda diferencia, el sentido común actual -, un chiste de abuelo. Decía así, un individuo le decía su amigo del alma, “oye Paco, ¿si tuvieras diez millones de pesetas me darías cinco millones a mí? Por supuesto, le contestó el amigo. ¿Y si tuvieses dos millones me darías uno a mí? Por supuesto, contestó el amigo adinerado. ¿Y si tuvieras cien mil pesetas me darías cincuenta mil a mí? No, dijo el amigo con gran sentido común, ésas las tengo”. El sentido común es otra de nuestras diferencias con los que llamamos bárbaros. Por sentido común, y no por otra cosa por favor, deseamos que los demás no tengan lo que nosotros tenemos. Por sentido común, vendemos lo que fabricamos pero después, los denunciamos por tener lo que nosotros tenemos y, por sentido común claro, hacemos lo mismo que los bárbaros. Pero debe quedar claro que lo hacemos por sentido común.

No quiero molestarles más con mis absurdos pensamientos. Solamente les voy a entretener unas líneas más para concluir diciendo que no todo son diferencias entre las dos épocas. Hay alguna coincidencia. La más coincidente, desde mi humilde punto de vista es que entonces, como ahora, el señor de la guerra se rodeaba de una corte y de algún bufón.

Por todas estas razones considero que la denominación de bárbaros está bien aplicada para aquellos fornidos guerreros invasores. Sin embargo, no existen palabras en el diccionario que definan con exactitud a los guerreros inteligentes actuales, a sus líderes, a sus cortesanos y a su bufón. Habrá que inventarlas. Llamo a vuestra imaginación. Sí he encontrado palabras que definen a los demás, a los que no necesitamos clases de geografía moderna, a los ciudadanos rebeldes que no queremos las guerras. Somos gentes de paz.


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