Se miraba al espejo cada mañana, y lo que veía era siempre lo mismo: una figura somnolienta, desorientada, despeinada y anodina, con un cepillo de dientes en la mano y la boca chorreante de pasta blanca…
Pero aquel día, al mirarse, se llevó una sorpresa. Es que aquel día, una mañana cualquiera de finales de diciembre, había visto reflejado en el espejo a su verdadero yo.
¿Fue una sorpresa agradable o deprimente?
Que eso lo digan cada uno de mis lectores, cuando logren descubrir la verdadera imagen de su yo, al mirarse en el espejo.
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