lunes, 21 de diciembre de 2009

Mi musa

Mi musa


Acabo de tomar asiento en mi viejo sillón con pintas blancas y en relieve. Delante tengo la pequeña mesa de camilla, tan pequeña es que se podría decir de ella que es una mesa de camilla personal. Sobre la mesita, un ordenador portátil. Antes de comenzar a escribir, dirijo la mirada hacia la pared que tengo frente a mí, la que es más larga, y veo un armario de comedor con algunas botellas: hay una de brandy español, dos de vino de reserva, una de whisky escocés y creo que la última es de ron brugal. Alguna está medio llena, pero las dos de vino están sin empezar. Las reservo para una ocasión especial. Muevo mis ojos hacia la izquierda y veo un televisor plano apagado. Yo me encuentro en el lado del sofá que se sitúa a la derecha del rincón ocupado por la mesa de camilla, mi viejo sillón y una lámpara de pie, que enciendo cuando leo. Sobre la mesa, un libro con la carátula rosa, que se titula “El Museo de la Inocencia”, última obra de Pamuk, el turco.

Estoy solo en la habitación. Hoy no deseo abandonarme a mis recuerdos porque pretendo situarme en el presente, aunque éste tome tintes de lluvia gris, monótona, persistente y, a veces, tormentosa. Así ha sido hoy el día para media España; para la otra media ha sido blanco de nieve, problemático y muy frío.

Deseo abrir ya mi ordenador pero presiento que hoy no me ha visitado la inspiración, esa extraña figura a quien denominamos musa. Cuando ella está presente, uno comienza a escribir y las palabras juegan unas con otras y se enlazan y bailan, giran y se trasladan hasta encontrar su sitio, el lugar justo en el que dicen lo que tienen que decir. Las palabras, cuando las maneja la musa, tienen magia.

No obstante, la musa no viene todos los días. Entonces, y eso es lo que me pasa hoy, dudo si salir a su encuentro o quedarme sentado esperando su aparición. Mi intención primera había sido la de salir a su encuentro, como el pueblo de Pepe Isbert, en Bienvenido Mr. Marshall, que quería ir al encuentro de los americanos. Los americanos, para los que les habían hecho una canción, pasaron de largo y el pueblo, con su alcalde a la cabeza, se quedaron con un palmo de narices.

Mi musa me ha hecho hoy la misma jugada y aquí me tienen ustedes con el par de narices, entreteniendo el tiempo. Escribo estas líneas con la intención de provocar a mi musa, pero ella hoy parece entretenida en asesorar e inspirar a otro autor o autora. Posiblemente haya inspirado a nuestra querida amiga Faustina en esa preciosa historia-felicitación navideña. Si ha sido mi musa, la animaré a que se quede con ella. Yo mientras tanto entretendré mi tiempo escribiendo tonterías sentado en mi viejo sillón con pintas azules y en relieve.

Así podré entretener mi vista en la hermosura de una lluvia que se ha hecho rogar.



Fuengirola, 21 de diciembre de 2009

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