Leo en el blog hermosas narraciones mitológicas. Dioses que reviven situaciones del mundo de los hombres. Su Olimpo siempre es mágico. Demasiado cercano al mundo terrenal, aunque alejado siempre. Dioses resurgiendo en amores y odios y hombres envueltos por una misteriosa esfera de lo alto que les invita a ser como su dios.
¿Cuándo nacieron los dioses y por qué entraron tan decidida y poderosamente en la historia del hombre?
Sin duda, nacieron con el hombre mismo. Y entraron en su historia convirtiendo la dimensión profana de lo humano en historia sagrada. Eran imprescindibles. Fueron amparo necesario, protectores de todo, “Algo” en lo que el hombre, inexplicablemente, casi siempre era.
Desde su nacimiento, los dioses se erigieron en protagonistas: señalaron los signos culturales, establecieron márgenes al convivir del hombre, perfilaron sus límites. La epifanía del dios, diferente en el tiempo, determinaba siempre los acontecimientos de la vida humana.
Nunca, por esto, lo profano se pudo realizar sin ellos. Esa fue la tragedia. Los hombres renunciaron a vivir su dimensión profana y fueron convirtiendo sus acontecimientos en historias sagradas. “Nuestros” dioses envolvieron en juegos trascendentes el vivir de unos hombres que los contemplaban como el “gran misterio”… Un misterio, por cierto, en el que siempre resultaban envueltos.
¿Cuándo nacieron los dioses y por qué entraron tan decidida y poderosamente en la historia del hombre?
Sin duda, nacieron con el hombre mismo. Y entraron en su historia convirtiendo la dimensión profana de lo humano en historia sagrada. Eran imprescindibles. Fueron amparo necesario, protectores de todo, “Algo” en lo que el hombre, inexplicablemente, casi siempre era.
Desde su nacimiento, los dioses se erigieron en protagonistas: señalaron los signos culturales, establecieron márgenes al convivir del hombre, perfilaron sus límites. La epifanía del dios, diferente en el tiempo, determinaba siempre los acontecimientos de la vida humana.
Nunca, por esto, lo profano se pudo realizar sin ellos. Esa fue la tragedia. Los hombres renunciaron a vivir su dimensión profana y fueron convirtiendo sus acontecimientos en historias sagradas. “Nuestros” dioses envolvieron en juegos trascendentes el vivir de unos hombres que los contemplaban como el “gran misterio”… Un misterio, por cierto, en el que siempre resultaban envueltos.
Amigo José María:
ResponderEliminarHago este comentario a modo de reflexión que quiere ser provocadora:
Si los dioses nacieron al mismo tiempo que los hombres, ¿cuál es la diferencia, o las diferencias, que existen entre unos y los otros? Pienso que la mejor manera de negar la existencia de los dioses es negando su carácter eterno, cósmico e independiente del tiempo y del espacio.