Le hablé a mi amigo del Hilo de Ariadna, el que ayudó al héroe Teseo, desenrollándolo por los pasajes secretos del Laberinto de Creta, a encontrar y matar al Minotauro, liberando a la humanidad de su maleficio. Sólo bastó una fibra de lino, recolectado en los campos de la fantasía universal, y tantos siglos de agricultura, de labor afanosa de siembra, recolección, selección cuidadosa…; tantas manos cálidas y endurecidas; tantas mentes y corazones afanados en cortar, hilar, retorcer y conformar el cordel salvador, sostenido, al otro cabo, por la amorosa mano de una diosa…¿Dónde está ahora el cabo suelto, despreciado por Teseo –exclamó mi amigo-, para que lo ate a mi muñeca y emprenda la aventura hacia el centro cavernoso de mi propio laberinto, y logre dar muerte al enloquecido minotauro que me acecha, y logre renacer de nuevo por al amor de Ariadna, la dulce, la compasiva, la inteligente, la entregada, la abandonada diosa de mis sueños?
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