Es tarde de levante en calma. Paseo, entre pinares y dunas con sabor de salitre por los labios. A lo lejos, tras las blancas salinas, el río va muriéndose en el mar. En profundo silencio. Ineludiblemente. Casi sin oleaje. Y viendo este morir lento de las aguas, comprendo que si el amor es fiel, la muerte es el destino del amante.El río, con su camino eterno, en silencio amoroso, camina hacia el océano para morir amando. Todo el caudal que transportan sus aguas no es más que donación final para el océano. Sus últimas orillas, llenas de blancas y pequeñas olas, contemplan, como fieles testigos, un amor renovado que funde a los amantes.
Cuando hablaba a mi amigo de estas cosas, el siempre me decía: “Amar es morir en el amado, cierto…, pero es el paso previo para volver a nacer, resucitando…”
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