Recordábamos mi amigo y yo el mito de Dédalo, en la antigua Grecia, cuando se sirvió de una tecnología avanzada para fabricar las alas con las que su hijo Ícaro pudiera escaparse del laberinto de Creta, que él mismo había inventado. Le recomendó encarecidamente que no volara demasiado alto, no fuera que el calor del sol derritiera la cera de sus alas, ni demasiado bajo para que no lo engullesen las olas del mar…Y le fue dado contemplar, con desesperado dolor de padre, cómo su hijo, entusiasmado con el vuelo, se iba elevando a demasiada altura, hasta que el sol derritió sus alas…, y se perdió en el mar.
¿Es un alegato contra los riesgos de la tecnología?, le pregunté.
No, me contestó, es un paradigma de la ambición desmedida.
Y del humano anhelo de eternidad, repliqué.
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