El proceso de la vida -empezó a decirme ella, con expresión de gravedad en el rostro- es como una malla que se va anudando permanentemente con la combinación de tres nudos: el del Azar, el de la Necesidad y el de la libertad (yo la miraba fijamente sin disimular mi extrañeza). En nuestra vida, el Azar fue habernos encontrado, hace treinta años, en aquel atardecer lluvioso de un febrero parisino. La Necesidad era lo que tú y yo habíamos hecho de nosotros mismos hasta entoces y que nos había llevado adonde estábamos. La Libertad fue nuestra decisión de pasear bajo la lluvia hasta empaparnos, de dejar después secarse la ropa junto a la cálida estufa de tu apartamento sobre las escaleras de Montmatre, y el abrazo ardiente que calentó nuestros cuerpos durante toda la noche... (Yo le sonreía con los recuerdos).
Hoy, pasadas ya tres décadas, en este día sofocante de un julio córdobés, la Necesidad, es decir: lo irreversible, son los destrozos que hemos ido haciendo en la malla de nuestra vida. El Azar es que he conocido a otra persona, y de la Libertad hago uso en este mismo momento con una sola palabra: Adiós, Arturo...
(Tuve que bajar la vista, sin fuerzas ni para despedirme).
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