Sentado en ese viejo sillón al que me he referido en alguna ocasión, he sentido el vértigo que produce la entrada en los tres minutos reparadores que se llama "la cabezada". En el duermevela he recordado los tres días pasados en Barcelona, en un congreso de química. Como lengua oficial se designó el inglés; allí se podía encontrar a dos científicos, uno de Madrid y otro de Santiago de Compostela, por ejemplo, hablando en inglés. Pero no es a esto a lo que yo me quería referir en este pequeño relato, sino al sueño. Uno de los científicos, holandés para ser más preciso, habló de los perfiles del sueño en las edades del recién nacido, de la adolescencia y del individuo adulto. La finalidad era encontrar moléculas que puedan modificar nuestro sueño.
Empero, ahora, en ese viejo sillón azul con pintas blancas que yo toco con las yemas de mis dedos, como el bebé se entretiene con su trapo personal, sueño feliz durmiendo según marcan las reglas para los adultos. Y en mi sueño fisiológico, inducido por un buen yantar, se me aparece alguien con bata blanca y un comprimido entre los dedos, que dice, "tómese esto que usted duerme poco y mal".
Y sin saber por qué me desperté con angustia vital. ¿Acaso nos estamos acercando al tiempo de los individuos que predijo Aldoux Huxley, acaso todos tenemos que dormir las mismas horas, beber la misma ingesta de alcohol, generar los mismos sentimientos, votar a un mismo partido o tener el mismo dios?
Finalmente, abrí los ojos, los volví a cerrar y me dejé nuevamente devorar por otros tres minutos, que resultaron diez esta vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario