Sigfrido, el héroe wagneriano, ve su imagen pintada en el arroyo cuando camina, indeciso aún, a través de los campos, los ríos y los bosques. Su alma se refleja en el arroyo terso.“Llegué al arroyo claro y en su espejo / miré los árboles, los animales…;
Las nubes y el sol se reflejaban en él tal cual eran…
Entonces vi también mi propia imagen / surgiendo de aquel río…”
Su imagen le revela cuanto hay en el bosque. Con todo se unifica en visión numinosa, casi mágica. En el agua y en su espuma blanca Sigfrido lee el presagio que preparan los dioses. Y descubre, como un nuevo Narciso al verse en el cristal, el poder interior que se le ha dado… Sabe, -es el augurio-, que pronto arrebatará el tesoro a los Nibelungos… Y, así, al verse en el arroyo, renace en él la fuerza necesaria para llevar a término su empresa.
El mítico misterio de la imagen en las aguas del río, le desvela a Sigfrido el mensaje que los dioses han encerrado desde siempre en su alma. Hoy brota virgen en el cristal del agua.
Es verdad, José María, que en los mitos heróicos de la antigüedad se repiten los temas y se solapan como capas geológicas, en las distintas culturas. Los elementos casi siempre son iguales: el héroe, la llamada, el camino, el dragón, la doncella que con frecuencia es diosa, el espejo de las aguas en las que el héroe se reconoce y se interioriza...
ResponderEliminarHace tiempo que no aparece Antonio, con sus bien trabadas y minuciosas narraciones, ni Faustina con su sutilísima sensibilidad lírica...