Mientras paseábamos por el viejo malecón, vigilados por viejos macetones, con la eterna veleta marcándonos al sur, mi amigo me decía:Entre los indios Guaraos existe la creencia de que al principio de los tiempos no existía la noche. Todo era un perpetuo día. La oscuridad la tenía metida un indio en su baulito, envuelta en una especie de paño. Nadie lo sabía. La noche era ignorada.
Un día, que el indio salió de pesca, dijo a su cuñado: “No toques mi baulito, cuídamelo y no permitas que nadie ande con él”.
Unos cuantos indios, excitados por la curiosidad, se dijeron: “Veamos qué tiene escondido tu cuñado en su baúl”.
Lo abrieron y encontraron un envoltorio liado en una especie de pañuelo. Apenas lo habían desenvuelto, todo quedó en tinieblas sin que nadie pudiera distinguir los colores de las cosas que los rodeaban… La noche había empezado a ser…
Por eso, es tradición, entre ellos, continuaba mi amigo, que la curiosidad, la infidelidad a la palabra dada, trajo la noche entre los hombres.
Siempre pienso, le respondía yo, que los hombres tratamos de explicar con palabras simples y sencillas las cosas naturales… Cuando tocamos el mal con nuestras manos, buscamos enseguida la socorrida culpa mitológica, que explique su existencia. Es la manera que tenemos los hombres de liberarnos del cúmulo de culpas y de noches cerradas que siempre nos acechan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario