Encuentro a mi amigo con un periódico entra las manos y con semblante irritado y enérgico: Si se acusa a un partido -me manifiesta enardecidamente- de vinculaciones con la corrupción, es imperativo y perentorio, es inexcusable, hacer las depuraciones necesarias y llevar hasta el límite la condena de esta vergonzante situación, la de los administradores que escamotean y usurpan los bienes de sus administrados. (La firmeza de sus palabras le entrecorta la respiración).
Estoy de acuerdo contigo, le replico, pero ten en cuenta que la corruptibilidad no es una condición atribuible en exclusiva a los partidos políticos, la corruptibilidad es la condición generalizable del corazón humano cuando no está positivamente motivado.
Tienes razón, me contesta más sosegadamente, la corrupción política es el síntoma de una grave enfermedad social, casi epidémica en nuestra civilización: la falta de valores y de utopías, de objetivos altos hacia los que elevar la mirada; la carencia de “sentido y sensibilidad” solidarias… Es entonces cuando enferma de la “fiebre del oro” y se ceba en la carroña del “enriquecimiento rápido”, antes de que otros se le adelanten…
Desgraciadamente, concluyo, eso ha existido siempre dentro de este pobre, contradictorio, ruin y excelso corazón humano.
Se queda mi amigo en silencio, como pensando para sus adentros: No tiene más remedio que la denuncia implacable y el rearme permanente de valores y utopías dinamizadoras (musita).
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