A veces, sobre todo en los días que van detrás de las noches de insomnio, me da por pensar en cosas raras. Esos días a los que me he referido son más frecuentes de lo que uno quisiera. Yo no los llamaría días negros, ni horrorosos, ni pesados. Son días en los que la realidad apabulla a lo pensado. Es entonces cuando solemas llamar pan al pan y vino al vino. Son días de claridades. Y yo he tenido uno de esos días al finalizar el puente.
Transcurrido esos días de fiesta, leo el relato de Fernando titulado La Fiebre del Oro. Sutil e irónico, habla en él de cosas actuales que no son las cosas sencillas, las cosas del campo, a las que me referí hace unos días y, como hoy en uno de esos días de claridades, me viene a la mente una idea simple: el pecado de los que predican la necesidad de no pecar es más grave que el de los hombres y mujeres que poblamos el mundo sin grandes afanes ni fiebres de oro.
Y todo pecado debe tener su penitencia.
En estos casos, la penitencia no puede ser unos simples tres padrenuestros.
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