“Todas las familias que son felices se parecen entre ellas, pero las que no son felices tienen, cada una, un modo propio de infelicidad”. Son las palabras –me recuerda mi amigo- con las que León Tolstoi da empiece y horror a la trágica historia de una destrucción espiritual: la de Ana Karenina, esposa, madre y amante, a quien su propia pasión enloquecida le despedazó el alma, descuartizándole su cuerpo bajo las ruedas de un tren implacable.
El misterio del aniquilamiento de un cuerpo humano bajo la férrea ferocidad del tren, le comento, es el símbolo de una muerte previa, a manos de ese monstruo impetuoso que hace ruta entre los raíles sinápticos de neuronas y protoplasmas de la mente… Y le cito unos versos de "Las bacantes", vociferados por el viejo Eurípides:
¡Muéstrate, muéstrate!,
cualquiera que sea tu apariencia y tu nombre,
¡oh Toro de la Montaña, Serpiente de las cien cabezas,
León de la llama crepitante!...
¡Oh dios, bestia y misterio, ven!.
(Estoy estremecido, atemorizado por los confusos fantasmas de mi cerebro)
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