
(Mil cuatrocientos noventa y… Eran años aquellos de conquistas, de descubrimientos… Todo tenía dimensiones de aventura. Antes de que las naves partieran y de que el viento, en ese momento soplando de mar adentro, llegara a empujar con fuerza las velas de nuestras naves, hicimos alto en Finisterre, para, desde allí, tomar el camino de Lisboa…)
… Y pensaba, como era común en aquel tiempo, que cuando llegara al “Cabo Finisterre” (“Fisterra”, lo llamaban los naturales del lugar), el final de la tierra se vería. Podría casi tocarse con la mano. Y le producía honda emoción imaginar que sería posible mirar la noche oscura del “no-ser”. El vacío, como lo llamaban los antiguos.
Pero su decepción, cuando llegaba al Cabo iba siendo grande. En “Finisterre” no se veía el no-ser. Todo lo que existía era un inmenso mar. Un mar llamado “Mar del Norte”, al que después llamarían “Oceanus Atlanticus”.
Y el hombre, que buscaba el gran descubrimiento mientras marcaba sus pisadas en la arena del cabo mirando en lontananza, pensaba que el cartógrafo habría errado al dibujar la tierra. El final no estaría en “Finisterre”. Estaría tras el mar que se abría ante sus ojos. Y decidió, en aquel momento, buscar el “Golfo Finismaris” que, sin duda, sería el final de la tierra…
Ciñéndose la parda estameña que llevaba al hombro y calándose un sombrero de fieltro que le resguardaba de la fina lluvia que lentamente calaba ya sus huesos, marchó a buscar la otra nave que con vientos soplando al sotavento, como soplaba entonces, le conduciría, de ello estaba seguro, al “Golfo Finismaris” y al final de la tierra.
… Y pensaba, como era común en aquel tiempo, que cuando llegara al “Cabo Finisterre” (“Fisterra”, lo llamaban los naturales del lugar), el final de la tierra se vería. Podría casi tocarse con la mano. Y le producía honda emoción imaginar que sería posible mirar la noche oscura del “no-ser”. El vacío, como lo llamaban los antiguos.
Pero su decepción, cuando llegaba al Cabo iba siendo grande. En “Finisterre” no se veía el no-ser. Todo lo que existía era un inmenso mar. Un mar llamado “Mar del Norte”, al que después llamarían “Oceanus Atlanticus”.
Y el hombre, que buscaba el gran descubrimiento mientras marcaba sus pisadas en la arena del cabo mirando en lontananza, pensaba que el cartógrafo habría errado al dibujar la tierra. El final no estaría en “Finisterre”. Estaría tras el mar que se abría ante sus ojos. Y decidió, en aquel momento, buscar el “Golfo Finismaris” que, sin duda, sería el final de la tierra…
Ciñéndose la parda estameña que llevaba al hombro y calándose un sombrero de fieltro que le resguardaba de la fina lluvia que lentamente calaba ya sus huesos, marchó a buscar la otra nave que con vientos soplando al sotavento, como soplaba entonces, le conduciría, de ello estaba seguro, al “Golfo Finismaris” y al final de la tierra.
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