A la muerte de Narciso, la laguna a la que él acudía para verse reflejado en sus aguas, se había convertido, llorando su tristeza, en una copa de lágrimas saladas. Y, cansinamente, desde sus quietas aguas, iba respondiendo a las ninfas que lloraban la muerte de su príncipe: “Yo amaba a Narciso porque, cuando se sentaba junto a mis orillas y miraba mis aguas, en el espejo de sus ojos yo veía reflejada mi propia belleza…”- Eso significa, decía mi amigo, que no existe lo bello si no lo descubrimos en el espejo de nuestras aguas tersas. Somos lagunas pequeñitas para darles belleza a los narcisos de nuestro alrededor…
- Quien sabe dar belleza, le respondía, posee ya en sí la paleta del arte. Sólo leves destellos de amor y de esperanza le sirven al artista para encontrar la estética adecuada. En el bronce que espera para ser labrado -nuestras aguas mansas-, se reflejará lo bello imaginado y así podremos darlo. Todo es labor de fina tracería. Orfebres de lo bello es lo que somos…
En la cotidianidad de dias cargados de noticias grises, es buen remedio esperanzarse con buscar reflejos de belleza en nuestras propias aguas.
ResponderEliminarMe parece una idea refrescante para el ánimo, José maría.