Hoy he sentido la tentación dentro de mí. He notado una sensación extraña, muy parecida a la que se debería experimentar si un duende, diminuto, invisible y travieso, hubiese penetrado en mis entrañas de la misma forma que lo hacen los virus, disimuladamente, a traición, simplemente al respirar. Y ese duendecillo debe tener un poder sobre mí porque, obedeciendo sus órdenes, me levanté del sillón azul con pintas blancas y en relieve, tomé pluma y papel y me puse a escribir palabras de manera desordenada: unas junto a otras, o debajo de aquellas, o separadas de manera intencionada.Luego el duende obró el milagro y las palabras se reorganizaron. Las palabras, juguetonas y picaronas, saben ordenarse de maneras distintas para expresar ideas, sentimientos, pareceres, halagos, críticas, odios, amores o consejos. Las palabras ordenadas son nuestos mediadores.
El texto resultante no tenía un título que lo definiera. Repentinamente, una palabra, que se hallaba medio adormilada al final del papel, cambió de lugar, se tiñó de negrita y ocupó el sitio del título. Esa palabra era Plenitud.
No quise forzar más, volví a mi viejo sillón azul con pintas blancas, y me dispuse a leer lo que había escrito el misterioso duendecillo.
... Me permito la confianza de deciros: ¡Unos duendecillos de las palabras, es lo que soys!
ResponderEliminarTu "duendecillo", Antonio, me ha recordado aquel "Genio Maligno" cartesiano que nos obligaba a ver y a conocer a su antojo, jugando con nosotros y cambiándonos la objetividad de lo real.
ResponderEliminarMe ha gustado ese "duende" tuyo, que, con su milagro, es capaz de organizar las palabras desordenadas de tu mente para construir una narración sencilla y, al tiempo, enormemente profunda.