No todas las palabras viven en el olvido. Algunas se resisten a ser cristales rotos. Renacen, a menudo, bañadas de inocencia, tal como fueron en su vivir primero. Porque siendo, sirvieron para ser.
Su silencio, -si en la tarde aparece-, es sólo el susurrar de lo que vive oculto. Pero nunca es su muerte. Siempre nos hablan, con contornos precisos, de lo que fuimos y de lo que vamos siendo. Con ellas aprendimos a nombrar nuestras cosas… Maduramos en ellas…
Su olvido, -triste ser del silencio-, cuando se presenta, adelanta la muerte lentamente. Y entonces, todo lo nuestro, sin poder evitarlo, se nos marcha con ellas…
La bruma, entonces, aparece en la tarde… El final de la ruta ya se acerca.
Su silencio, -si en la tarde aparece-, es sólo el susurrar de lo que vive oculto. Pero nunca es su muerte. Siempre nos hablan, con contornos precisos, de lo que fuimos y de lo que vamos siendo. Con ellas aprendimos a nombrar nuestras cosas… Maduramos en ellas…
Su olvido, -triste ser del silencio-, cuando se presenta, adelanta la muerte lentamente. Y entonces, todo lo nuestro, sin poder evitarlo, se nos marcha con ellas…
La bruma, entonces, aparece en la tarde… El final de la ruta ya se acerca.
Algunas palabras nunca acabarán de morir si han sembrado con acierto la semilla de lo que significan, amigo.
ResponderEliminarQué hermosísima oración a las palabras, José María; es como si las acariciaras con la mayor delicadeza y el buen amor, desde el profundo agradecimiento.
ResponderEliminarPorque somos nosotros quienes morimos, sin ellas. Como diría el tango: "Cuando no salgo a bailar / siento más cerca la muerte".